13 agosto 2021

¿Ecoansiedad? Es más útil actuar

Cada nuevo informe sobre el avance del cambio climático genera un diluvio informativo. Medios de comunicación, redes sociales, comentaristas… Picos informativos y de debate centrados, sobre todo, en las consecuencias de la crisis climática, en las previsiones, en cuánto habría que reducir las emisiones de efecto invernadero. En los acuerdos y su falta de cumplimiento.

Esto genera un impacto en la sociedad que va desde la ansiedad al “algo se inventará”. Desde el compromiso sincero de un número creciente de personas hasta el lavado de imagen (greenwashing) de las empresas más contaminantes. 

Una escenografía que acaba por resultar cansina cuando se llevan décadas de activismo ambiental. Porque la realidad nos apremia, porque ya sólo vale actuar.

El sufrimiento que provoca la crisis ambiental es desolador y se extiende por todo el planeta. Ningún lugar está a salvo y ¡oh, sorpresa! tampoco lo está la economía. Cada desastre ambiental genera pérdidas incalculables y un virus ha puesto en jaque a la economía mundial. Pero la ansiedad paraliza, mientras que un horizonte de esperanza que nos haga sentir parte de la solución y entender los beneficios que nos reportará nos despierta como ciudadanía activa.


Cambio de rumbo profundo y rápido

El frenazo en seco ocasionado por la pandemia rompió el espejismo de un modelo en permanente huida hacia adelante. Y cuando todavía no hemos salido de ella, los nuevos datos del IPCC sobre el cambio climático nos han vuelto a sacudir. Hay que cambiar el rumbo y hay que hacerlo ya. 

Los caminos que hemos de transitar los conocemos:

- El más obvio es el abandono de los combustibles fósiles (gas incluido), pero de poco servirá si se pretende mantener el mismo modelo económico, pero con otras fuentes de energía. El viento y el sol son inagotables y renovables, pero no lo son las infraestructuras para su aprovechamiento. La eólica, la solar, cualquiera de las energías alternativas tienen un impacto ambiental a lo largo de su ciclo de vida, desde la extracción de minerales (algunos escasos) hasta la ocupación del territorio. La avalancha de mega proyectos de renovables presentados por las grandes eléctricas ya está generando una fuerte oposición

Es imprescindible reducir, y mucho, el uso de energía y de materiales. Y esto requiere cambios a todos los niveles.

¿Tiene sentido que el 90% de lo que compramos haya recorrido miles de kilómetros antes de llegar a nuestras manos? Un trasiego incesante de materias primas y mercancías que navegan por el mundo a bordo de unos 100.000 cargueros. Una de las locuras de la economía globalizada que hay que revertir, a gran escala relocalizando producciones, pero también en lo cotidiano eligiendo producción local siempre que sea posible.  

- La globalización también se ha adueñado de nuestra comida. La agricultura intensiva y las macrogranjas destruyen la biodiversidad, contaminan los suelos, el agua y los propios alimentos afectando a la salud, contribuyen al cambio climático y en el caso de las macrogranjas generan un maltrato animal que deberíamos rechazar en nuestro plato. La producción industrial de alimentos procesados completa el panorama haciendo que la alimentación se haya convertido en la primera causa de enfermedad. Una dieta saludable para las personas, con menos carne, más alimentos vegetales, basada en la producción agroecológica es también más sana para el planeta. 

- Comprar, usar, tirar… y vuelta a empezar. Un modelo que ve la naturaleza como un reservorio de recursos que se pueden extraer sin importar las consecuencias –produciendo sin parar artículos de usar y tirar o con fecha de caducidad (la obsolescencia programada)– y capaz de acoger todas las basuras que seamos capaces de generar, no es viable. Esa sociedad de consumo que nos iba a hacer tan felices, está destruyendo las bases de la vida. Los plásticos que se amontonan en interminables vertederos; que invaden y contaminan mares, océanos y suelos, atrapan animales y se introducen en nuestro propio cuerpo son un símbolo que nos deja imágenes imborrables, de esas que alimentan la ecoansiedad. 

- Ciudades llenas de coches y cielos llenos de aviones (antes de la pandemia una media de 175.000 vuelos cruzaban los cielos a diario). Un consumo energético incompatible con cualquier posibilidad de poner freno a la emergencia climática. Menos coches, menos aviones, más trenes, más transporte público y más cercanía en las necesidades de la vida diaria para poder caminar o ir en bici.


Ciudadanía activa: palanca indispensable

Hemos visto algunos ejemplos que ayudan concretar el cambio de rumbo. Estamos hablando de cambios profundos pero posibles, de todos existen ejemplos. Nada de ello es utópico, salvo la necesidad de hacerlo todo y con rapidez. Y esto sólo ocurrirá si actuamos con convicción y determinación. 

Los cambios en nuestra vida diaria son necesarios porque construyen el cambio global, pero no son suficientes. Hacen falta decisiones políticas valientes que se topan con los intereses económicos que han construido este modelo y siguen beneficiándose de él. La presión y el impulso de la ciudadanía son la palanca de cambio indispensable. 

Hay multitud de organizaciones, colectivos y movimientos sociales trabajando en todos los ámbitos. Podemos elegir los que más se adapten a nuestras inquietudes y nuestras posibilidades, lo importante es sumar, ser parte de la transformación

El horizonte de cambio es esperanzador, si entendemos que el progreso no se mide en crecimiento económico sino en calidad de vida.