22 de mayo de 2013



Me gusta mirar desde aquí arriba. Puedo ver a un tiempo las manifestaciones de ciudadanos indignados en las calles y el trasiego silencioso, discreto, en bancos de ciudades elegantes o lugares exóticos (paraísos fiscales, los llaman). Vamos a echar un vistazo a ver quién entra y sale.

Se ven grandes fortunas a las que no les gusta eso de pagar impuestos, empresas multinacionales que acumulan beneficios explotando trabajadores/as o recursos naturales (o ambas cosas a la vez), y los que ni siquiera producen y sólo se dedican a jugar en el gran casino mundial de las finanzas. Estos son los especuladores y tienen un poder impresionante. ¡Vaya vergüenza!

Los paraísos fiscales están en auge. Y mientras, los Estados se afanan en recortar salarios, servicios y derechos. Bueno, esto en los países acostumbrados a tener trabajo, servicios y derechos. En otros, buena parte de la población vive en la pobreza, pasa hambre y no puede satisfacer sus necesidades más básicas.

Los Estados no tienen dinero, nos dicen. No me extraña, la evasión fiscal supone cuantiosas pérdidas para las arcas públicas. El más elemental sentido común aconseja poner todo el empeño en evitar la evasión fiscal y eliminar los paraísos fiscales. Pero va a ser que el mundo de las finanzas manda sobre la política. ¿Cuántas veces hemos oído que las políticas de austeridad son necesarias para “tranquilizar” a los mercados? ¡Cuesta creerlo! Hay que tranquilizar a quien nos está robando.

Los días 17 y 18 de junio tendrá lugar el encuentro anual del G8 (Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Francia, Italia, Canadá, Japón y Rusia). Ya se anuncia que la policía está colocando una gran muralla metálica en torno al lujoso complejo hotelero de Irlanda del Norte en el que se reunirán. Quieren asegurar que los manifestantes no podrán acercarse. No quieren que la ciudadanía les moleste. Pero las organizaciones ya están empezando a enviarles sus mensajes.






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